jueves, 31 de julio de 2014

¡Por fin, capítulo 28!

¡Hola, hola, hola! Siento el retraso, pero ¡aquí tengo el capítulo 28 completo! He estado muy liada y sin inspiración pero en unos momentos de aburrimiento en seguida me salió y por fin lo he terminado ^-^ Espero que os guste mucho mucho, como siempre, ¡y comentad, por favor!

Os prometo que no desapareceré tan a menudo como antes... En una semanita o así tendréis el capítulo 29 :3

¡Hasta pronto, que lo disfrutéis!
N-.





   Abro los ojos muy lentamente. Estoy tan cansada... Me duele todo el cuerpo, y entonces empiezo a recordar. Sí, ya he dado a luz. Pero no hay nadie aquí en la habitación conmigo. Intento llamar a Caleb, pero lo único que sale de mi garganta es el aire. Tengo la garganta inflamada de chillar, pero necesito verle a él y a mi bebé. Intento levantarme, pero ni los brazos ni las piernas me responden. Necesito saber qué pasa, así que me aclaro la garganta y digo lo más alto y claro que puedo:
   —Caleb...

Oigo pisadas en la habitación de al lado, y entonces Caleb aparece por la puerta de nuestro cuarto con dos bebés en brazos. Espera, ¿dos bebés? Debe notárseme fácilmente la sorpresa en el rostro, porque Caleb suelta una carcajada y responde:
   —Sí, son dos. Mellizos.
Yo sonrío, y pequeñas lágrimas caen por mi rostro. Dos bebés... esto no me lo esperaba, pero dos bebés, doble felicidad.
   —Nuestra pequeña Juliet —me dice Caleb, tendiéndomela para que la coja—, y nuestro pequeño Helian.
   Son la cosa más hermosa que he visto en la vida. Les doy un beso en la frente a cada uno, sin dejar de llorar de alegría. Le cojo una manita a Juliet, ya que es la que está despierta, con sus pequeños ojos azules igual que los míos mirándome, y me rodea el dedo índice con ella. Tienen también el pelo color chocolate de Caleb. Son mitad él, mitad yo.
   —Son lo más bonito del mundo. Estoy tan contenta, Caleb... —Le miro con una gran sonrisa, que él me devuelve con un beso en los labios.
   —Dame, voy a llevarlos a sus cunas de nuevo.
   Él los coge como antes, con uno en cada brazo con sumo cuidado, y sale de la habitación. Yo me limpio las pocas lágrimas que quedaban resbalando por mis mejillas, y Caleb regresa a mi lado en cuestión de minutos.
   —¿Cuánto llevo inconsciente? —le pregunto, ya que ha abierto la ventana y está empezando a amanecer. Cuando llegó la hora de dar a luz era por la tarde.
   –Toda la noche. Tranquila, no ha pasado mucho. ¿Estás mejor?
   —Eso creo, aunque me duele todo... ¿Me ayudas a levantarme?
   —Por supuesto.
   Caleb pone su hombro debajo de mi brazo, levantándome, pero las piernas al principio me tiemblan y no puedo estar de pie yo sola.
   —Será mejor que vuelvas a tumbarte, Dandelion. Todavía no estás capacitada para...
   —No, sí que puedo. Quiero salir de aquí —digo, interrumpiéndole.
   —Pero mi amor, tienes que descansar. —Caleb es la persona más testaruda que conozco, después de mi madre—. Me quedaré contigo aquí, si quieres. Pero por favor, no hagas esfuerzos aún.
   —Está bien... —Refunfuño y me vuelvo a tumbar en la cama.
   —¿Quieres algo de desayunar? —me pregunta.
   Sí, la verdad es que tengo hambre, así que asiento con la cabeza y Caleb baja a la cocina. Vuelve con una bandeja llena de panecillos, bollos de queso, bollos dulces rellenos de chocolate y dos vasos de leche.
   —¿Y todo esto?
   —Tienes que recuperarte, y yo tampoco he desayunado, tengo hambre —me contesta, con una carcajada.
   Nos comemos prácticamente toda la bandeja, hasta que se oye un llanto de bebé, y luego dos. Caleb va a por nuestros pequeños mellizos y me tiende a Helian. Ahora sí está despierto. Me levanto la camiseta del pijama para darle de comer. Y en cuanto empieza a beber, se calla. Caleb tranquliza a Juliet, que poco a poco va amainando sus llantos mientras Caleb juega con ella. Y después de Helian, le toca a mi pequeña Juliet. Después me quedo un rato observándolos, no me creo que sean míos. Y me doy cuenta de que Helian tiene una pequeña marca de nacimiento justo en la nuca con forma de nube. Y que Juliet tiene pequitas por los mofletes y la nariz.
   —Son preciosos, ¿a que sí? —me dice Caleb, sentándose a mi lado en la cama, rodeándome la cadera. Me da un beso en la sien izquierda, y yo sonrío.
   —Tienen mis ojos. Y tu pelo del color del chocolate líquido.
   —Vamos a ser unos buenos padres. Estoy seguro, mi amor.
   Al día siguiente viene mucha gente a nuestra casa. Yo ya estoy recuperada, por lo que ando a mi antojo por la casa, recibiendo y despidiendo a personas. Viene el abuelo Haymitch, que aunque no lo sea de verdad, para mí lo es porque estuvo presente en mi infancia. También Effie Trinket, una amiga de mis padres del Capitolio. Mis estilistas y los de Caleb, y nuestros diseñadores. Mis tres amigas. Los amigos de Caleb. Mis antiguos compañeros de la escuela con sus madres. Mi abuela. Annie Odair, una amiga de mis padres, con su hijo Dorian, desde el Distrito 4. Johanna Mason, la tía de Caleb y amiga de mis padres. Y un sinfín de gente más.
   Tengo que ir con cuidado si no quiero tropezar al andar, ya que toda la casa está llena de todo tipo de regalos. Desde carritos de bebé, hasta ropa y juguetes. Estoy muy feliz de que hayan venido tantas personas, pero me duele mucho la cabeza y no puedo dejar desatendidos a mis dos pequeños.
   Nunca pensé que ser madre sería tan difícil... les doy de comer, y subo las escaleras para acostarlos en sus cunas. Helian es un dormilón, ya tiene sus ojillos medio cerrados. Pero Juliet sigue más despierta que nunca. Por eso, decido cantarles. Les canto una suave y bella melodía que me enseñó mi madre de pequeña. No tiene letra, son solamente notas. El nanana consigue que sus ojos se cierren y se duerman por fin, y cuando estoy dispuesta a salir, veo a Caleb apoyado en el umbral de la puerta, sonriendo.
   —Jamás me cansaré de oírte cantar... —susurra.
   —Y yo jamás me cansaré de amarte. —Le cojo la cara entre mis manos, y le doy un dulce beso en los labios.
   Él posa sus manos en mi cintura, y una descarga eléctrica recorre todo mi cuerpo. Mis labios cada vez piden más, y el beso se convierte en uno rápido y fogoso.
   Empujo a Caleb hasta nuestra habitación y cierro la puerta. Nos quedamos los dos de pie, besándonos apasionadamente. Él me baja los tirantes del vestido y la tela baja desde mis costados hasta caer en el suelo. Le desabrocho los botones de la camisa blanca que llevaba, y paso los dedos por encima de sus perfectos abdominales. Le desabrocho el botón de los pantalones y caen, como mi vestido, al suelo. Él encuentra rápido el cierre del sujetador, y en menos de dos segundos lo desliza por mis brazos hasta lanzarlo; no importa donde caiga. Acaricia la suave tela de mi ropa interior, hasta deslizarla por mis piernas, mientras me da besos y pequeños mordiscos por el cuello. Y me mira a los ojos dejándome ver la lujuria y el deseo en ese precioso color ámbar. Su lengua lame mi labio inferior, haciéndome cosquillas, y dejo escapar un suspiro de placer mientras sus manos acarician mis pechos. Le tumbo en la cama, pero se separa de mí y mete la mano debajo de su espalda. ¿Qué pasa...? Caleb saca una caja rectangular de tamaño mediano, donde pone "condones".
   —Hay una nota —dice él, y la lee en voz alta—: "Esto se usa para hacer el amor, queridos, y evitar situaciones como la que ha ocurrido recientemente con unos bebés. Si no queréis tener cincuenta hijos, usadlos. Con amor: Weddell."
   Yo me río con ganas, pero abro la caja y saco un envoltorio. Hay un manual de como ponerlo, así que lo leo rápidamente y después de quitarle los bóxers a Caleb, se lo pongo. Le miro con cara de indiferencia: si Weddell nos los ha dejado es porque no hace ningún mal.
   Le doy un fogoso beso antes de colocarme encima de él, y por primera vez en mucho tiempo, disfruto de verdad.
   Me despierto tapada con una fina sábana, rodeada por los brazos de Caleb. Sonrío al recordar la noche anterior, pero se me encienden las mejillas; siempre seré muy vergonzosa, no importa lo que haga ni con quién esté. Tengo la cabeza apoyada en su pecho, y cierro de nuevo los ojos escuchando el latido de su corazón, aunque no me duermo.
   Al final me levanto de la cama con cuidado para no despertarle, y me apoyo en el alféizar de la ventana, contemplando el amanecer. Los primeros rayos de sol calientan mis mejillas, y cierro los ojos con una sonrisa en la cara.
   Unas manos se posan en mi cadera desnuda y unos labios besan mi cuello, haciendo que se me ponga la piel de gallina.
   —Caleb...
   —Buenos días, mi amor. —Me coge de la mano y me levanta, abrazándome—. ¿Has dormido bien?
   Yo asiento con la cabeza, y me quedo un rato con la cabeza apoyada en su pecho. Después le digo que voy a ducharme antes que Juliet y Helian se despierten. Así que me lavo el pelo y me enjabono el cuerpo rápidamente y salgo envuelta en una toalla. Cuando acabo de vestirme, los escucho. Suspiro y salgo corriendo del baño de nuestra habitación, hasta llegar a las cunas, donde ya está Caleb intentando calmarles. Esta vez cojo a Juliet primero, y me levanto la camiseta.
   —¿Quieres desayunar tú también? —me pregunta Caleb, dejando a Helian en su cuna.
   —Sí... ¡Estoy hambrienta!
   Bajamos las escaleras y nos metemos en la cocina. Caleb prepara dos vasos de leche caliente mientras yo corto unas rebanadas de pan y las tuesto en el fuego de la cocina. Unto mantequilla sobre estas, y lo llevo todo a la gran mesa que hay en el salón. Nos comemos las tostadas en silencio, aunque de vez en cuando noto que Caleb me mira. Pero yo no tengo ganas de hablar, me siento muy cansada. Y él lo nota.
   —¿Estás bien?
   —Ajá —respondo, dándole un gran mordisco a mi última tostada. Después me bebo de un trago lo que queda de leche, y le dedico una sonrisa.
   Entre los dos recogemos la mesa y limpiamos lo que hemos utilizado. Caleb coge las dos cunas con ruedas que están todavía en el recibidor y las lleva al salón mientras yo cojo a nuestros dos pequeños y vuelvo junto a él, con cuidado de no despertarlos. Los dejo sobre éstas para tenerlos junto a nosotros en caso de que pasara algo, y nos sentamos en el sofá. Subo las piernas y apoyo mi cabeza en su pecho, para relajarme un poco. Y así nos quedamos, yo apunto de dormirme otra vez si no llega a ser por el molesto sonido del timbre.
   —Voy yo —le digo a Caleb, dándole un beso en la mejilla.
   Voy rápidamente al recibidor y antes de abrir me miro en el reflejo de los cristales de la puerta de la cocina; bueno, no estoy tan mal. Cojo una bocanada de aire y abro la puerta. Pero en seguida se me corta la respiración al ver de quién se trata. Delante de mí tengo, nada más y nada menos, que a la presidenta de Panem, Rosaline Snow.

8 comentarios:

  1. Oh por Dios, espero que no les haga nada a Helian y Juliet, por cierto me han encantado esos nombres c: me encanto el capi. Espero que esta entrada sea tu regreso, te habia extrañado muchisimo. Espero el siguiente capi :3

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    1. Muchas gracias, bonita.
      Lo lamento pero no estaré más de vuelta aquí, o eso creo.
      Saludos.

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  2. Oh, pero que capítulo tan hermoso, Noelia!!!
    Helian y Juliet... los nombres son hermosos. Espero tu siguiente capítulo porque eso de la visita de la presidenta Rosaline Snow me ha dejado intrigada... =D

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  3. Dios me tienes en ascuas

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  4. Diosss cuando publicas el proximo capitulo????

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    1. Pues siento decirte que no va a haber próximo capítulo.

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Hola, lectores :) Os agradezco que comentéis en cada capítulo, porque vuestras palabras son las que me dan ánimos a seguir cada día escribiendo. Gracias a todos los que comentáis, ¡sois geniales! Besos de vuestra autora,
Noelia Mellark. ‹з